martes, 14 de abril de 2009

Confesiones para peatones

Ya era su costumbre, su rutina asentada de miércoles por la tarde: caminar por el centro. Una hora y media o dos. Pasaba más tiempo sentada en el colectivo que en su destino. Caminaba y caminaba, se apuraba, se agitaba, transpiraba. No miraba a nadie ni nada, se le atornillaban los ojos al suelo. Voces de transeúntes, pisadas, ruidos típicos de una ciudad atestada, en pleno alboroto.

Todo eso tenía un único objetivo, a veces impuesto, otras veces casual: Pensar. La actividad en si misma era ejercida todo el día, cada hora, minuto y segundo. Pero allá, en el medio de la ciudad, tan acompañada por todos los habitantes pero tan sola, sin nadie que caminara a su lado ni le hablara, podía pensar tranquilamente. Lo propio de la urbe, sus colores, sus grises, sus hedores, su bullicio, su devenir pronto se evaporaba. Quizás no se justificara tan largo viaje para finalmente perderse en la introspección y cegarse al exterior, pero lo realizaba, era un insano hábito, una obsesión, un motivo más para pisar la tierra.

Aquel día podría haber sido un miércoles como cualquier otro, un conjunto inútil de 24hs, desperdicio totalmente olvidable, pero no lo fue. Tropezó, tanto en la calle como en el pensamiento. En plena General Paz, en ese momento que el semáforo para peatones permitía caminar y detenía los autos y tantas personas cruzaban y se veía hermoso, tan hermoso: el agrupamiento de personas, el bodoque, la transpiración, el calor, los cuchicheos. En ese mismo instante en que ocurría simultáneamente todo eso se detuvo en el medio de la calle, dejo de ver el piso por primera vez, vio el exterior y el movimiento y grito “Tantos pero tan solos”.

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