martes, 14 de abril de 2009

Elementos de una vida

Lo había perdido todo: Su deseo de cocinar los sábados por la mañana, sus ganas de escribir de lunes a viernes, su sonrisa atemporal, sus pasos, y quizás hasta también podría decirse que su propia vida. Vivía como una trapecista, con el riesgo constante de caer, viviendo en equilibrio con la vida y la muerte (o he de decir en desequilibrio). La verdad era que habitaba un mundo intermedio, ya no podía comprender las acciones de los vivos, pero tampoco se sentía tan fría como los muertos, todo transcurría lento y sin pausa, día tras día bajo la misma monotonía, distintas palabras pero los mismos hechos.

A veces cenaba con los colegas de turno y simulaba prestar atención a las charlas o sonreía en los momentos convenientes, pero no había un ápice de verdad en sus acciones, ni un solo recoveco de emoción. De vez en cuando se perdía entre luces y canciones, se retrotraía a su pasado, se imaginaba como bebe en su cuna y comprendía que al fin y al cabo todos los inicios eran idénticos, entonces se enfurruñaba y lanzaba un resoplido interno.

Era costumbre su maraña de pensamientos, su inacción, su pálida indeferencia. Pero la pura verdad es que pagaba precios muy altos por aquella nada, y luego se reconfortaba con algún saxofonista que deambulara por la calle. Sentía un cosquilleo en sus pies, como si levitara, y esos eran los únicos momentos por los que aun estaba allí, aquello era verdadero, era un pariente lejano de la emoción, algo fuera de lo habitual que le generaba un derivado de la felicidad. A veces hasta esbozaba una tímida sonrisa. La música siempre le generaba cosas y en momentos inusuales de sensibilidad extrema incluso lloraba escuchando al saxofonista.

Miraba el reloj y se lamentaba el paso del tiempo, pero también le resultaba indiferente, ponía su pensamiento en off y armaba historias de los transeúntes con los que se cruzaba: Les pedía la hora, les invitaba a tomar un café, caminaban hacia la parada de colectivos, se acostaban en alguna plaza, les convidaba algún cigarrillo.

Además de vivir como una trapecista que recorre la cuerda de la vida y la muerte, vivía recorriendo los caminos de la realidad y la imaginación. Aunque no le gustaba pensarlo de ese modo, jamás le gusto la palabra realidad, le producía un gusto amargo. A falta de tener un espacio en la cotidianeidad, en lo mundano, se había hecho un hueco en lo fantástico, en lo extraordinario. En su mente podía volar, hablar con extraterrestres y ser música. No existían limites, salvo en lo impensable.

A veces se preguntaba por sus contradicciones. Era una de aquellas personas que podía afirmar opuestos. “Me siento tan vacía y tan llena” “Me siento tan feliz y tan triste”. Su interrogación era levemente hipócrita, le daba curiosidad pero se sentía bien (o mal) viviendo en sus contradicciones. Le apasionaba lo ambiguo, lo ambivalente, la mezcla, lo indefinido. Decía que era brindarse un sinfín de oportunidades. Cuando alguien le preguntaba sobre su afirmación enmudecía y empalidecía, se iba mentalmente a otro mundo.

Siempre se sintió incomprendida.

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